lunes, 19 de marzo de 2012

Ensayo sobre el consumismo

"Sálvame de los muebles suecos, sálvame del arte inteligente."  El club de la lucha - Chuck Palahniuk.

Desde hace mucho tiempo considero justo (más necesario que justo), desahogar ciertas incomodidades-aberraciones a las que me he aferrado con pasión enfermiza. Estoy plenamente seguro de que no soy el único idiota que se siente confundido sobre las razones que nos llevan a vivir una vida de excesos consumistas, si bien es cierto que nadie quiere vivir en un cuarto sin aire acondicionado, que nadie quiere usar zapatos de esos cómodos, de esos desconocidos, de esos tipos de zapatos que no tienen una marca que otra persona, que otra vista puede reconocer en alguna vitrina de centro comercial. Absolutamente nadie quiere vivir sin embarrarse el pelo de gel fijador ni quieren ser vistos sin cadenas de oro, nadie quiere cubrirse el pecho con alguna camisa cuyo precio no se acerque al monto total de tu mensualidad. Me pregunto, ¿Es estrictamente necesario? ¿de verdad forma parte de nuestro instinto de supervivencia portar una camisa Columbia, unas converse y tener un bonito carro en el cual tirarte a la primera desprevenida que quiera dar un paseo? No, de hecho, son cosas que no necesitamos en absoluto para poder vivir tranquilamente. Si debemos fijar un enemigo en esto de caer en compras tontas y sinsentido, yo, personalmente, tendría la mira puesta en la televisión. Esa televisión que hoy muchos de nosotros admiramos como entretenimiento contínuo es la empresa procesadora de nuestros deseos. Esa cajita de magia que nos dice lo que debemos comprar, que nos persuade, que nos convence que el Ipad 2 es necesario en nuestro tormentoso camino hacia una muerte merecida e impostergable. Esa cajita nos dice que debemos comprar el teléfono de moda, que el anterior que salió hace apenas unos meses ya no es más que una cajita inservible y arcaica. Nos convence -con frases cutres y hechas en laboratorios de mercadeo- que no podrías vivir cómodamente sino tienes en tu salita de estar el último modelo Wiselink pro de Sámsung, o que tus hijos -preciosa descendencia que aborreciste por nueve meses-, crecerán disfuncionales y felices si no pueden jugar con la última consola de Playstation. "Trabajas en lugares que odias para comprar basura que no necesitas", una frase magistral de Tyler Durden -personaje principal de El club de la lucha-, que nos define crúdamente lo que la sociedad real, las oligarquías económicas definen como el plan de vida de nuestros ciudadanos. ¿Por qué trabajamos? Muchos románticos responderán con clichés tontos, como por ejemplo "Trabajo porque quiero darle a mí familia lo que yo no tuve" "Trabajo porque quiero estar cómodo, vivir bien" "Trabajo porque necesito alimentarme, así es la vida"... Son respuestas que, si se leen rápidamente podría denotar cierta realidad y razón. Pues no. Trabajamos porque el sistema nos enseñó que sino retribuyes con tu esfuerzo físico y mental a alguno de los peces gordos que rigen nuestras vidas, no podrás comer, no tendrás abrigo contra el frío. No serás feliz. Pero eso, tampoco es cierto, ellos tienen miedo. Pánico entendible de que un joven inconforme con su papel en esta vida se despierte, de que un muchacho de carrera universitaria, de piel rigurosamente afeitada, de traje Vercace y cuerpo perfectamente definido, de ojeras marcadas por tanto trabajar despierte un día deseando absolutamente nada de lo que ha comprado con el sudor de su frente, -otra mentira, no es el sudor de su frente, es la segregación húmeda de un escroto empresario que cada vez que se rasca las bolas, emite una orden arbitraria-, y lea, y estudie, pero no le tienen miedo a que estudie lo que académicamente les da un título, derecho irrevocable para conseguirte un nuevo trabajo que seguramente detestarás. Ellos, quienes rigen tu vida, le tienen miedo a que dejes de ver en los muebles que rodean tu cuarto y en el Smartphone que te consume, objetos indispensables en tu respirar. Porque cuando eso pase, cuando te desprendas de las cosas que no te sirven para absolutamente nada, cuando entiendas que tus posesiones te terminarán poseyendo, comprenderás que ya no te gusta el papel de marica pasiva, con el que llevas puntual en horario de oficina para que alguien con más dinero que tú, te la meta sin ningún tipo de masaje previo. Ellos te temen, ven en ti a un potencial terrorista, aunque no tengas religiones. Se morderán los codos cuando tú (su marica del día a día, su empleado anodino y servicial), quemes tus posesiones... Te vuelvas un ser anárquico que no quiere tener nada que ver con los amos que delimitaron tu avance. Dejarás el consumismo exacerbado a un lado, consigas las drogas que ellos no quieren que compres (porque claro, el prozac nunca podría competir con la marihuana, perdería), te destruyas un poco a ti mismo hasta que te importe un carajo el mundo. Entonces, sólo si te esfuerzas, podrás pararte a las seis de la mañana, como todos los días, ignorarás el ardor en tu culo consecuencia de tanto trabajo, te vestirás con un traje que seguro no es Vercace, no tendrás un reloj casio que colocarte en la muñeca, ya no usarás zapatos de cuero de lagarto, irás en unos deportivos desvencijados y horrendos. Seguramente olerás a mierda porque no te puedes bañar en Acqua Di Gio si ese perfume hoy es sólo cenizas de tu noche de amor propio. Irás a pie hasta tu trabajo porque te darás asco con solo mirar tu coche. Llegarás al edificio en el que te cogían a diario a cambio de un poco de tecnología en tu hogar. Subirás sin pensar las escaleras, entrarás tranquilamente a la oficina de tu jefe, que te verá con asco, pues ya no usas trajes en honor a algún sastre maricón de Europa. Él seguramente estará sentado, subiéndose la bragueta porque ¡Dios le salve de recibir la felación de un empleado que no esté debidamente perfumado! y entonces, sólo entonces, sacarás el cuchillo de cocina que te habías guardado en un bolsillo de la chaqueta, te irás sobre él y le arrancarás la yugular en un movimiento errante y poco limpio, seguramente tendrás la sonrisa más honesta de toda tu puta vida, viendo cómo ese jefe entorna los ojos, se tantea la herida y busca un poco de aire. Disfrutarás el momento, no porque seas un asesino, un terrorista, un anárquico más. Sino porque verás en su cara el desespero -buscando aire en una oficina llena de oxígeno- y te sentirás identificado. Porque, aunque muchos compradores compulsivos no estarán de acuerdo, esa es la sensación de todo empleado consumista, esa falta de aire, esa necesidad imperante de llenarse de basura que no necesitaría para sobrevivir. Y es allí, en ese preciso instante, en el que estarán en paz. Tu jefe te quitaba el oxígeno a ti con trabajo físico y mental forzado, tú le quitas el oxígeno a él porque simplemente, abriste los ojos. Evitaste que tus posesiones te poseyeran.

Héctor L. González.

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